Desviaciones al margen de LITCHIS DE MADAGASCAR


Por: Fernando Vargas Valencia



Me han llegado noticias de Aquiles Cuervo como conjuros o sortilegios. Como las provocaciones de ciertas lejanías en las que quisiera situarme sólo un instante para ser el otro. El otro de las ubicuidades necias, el que se siente reflejado en un niño que recoge una flor amarilla en la escena de una película que nos lleva, en un relámpago de luces multicolores, a Bogotá, Buenos Aires y París. El reino de la noche que tiene por excusa, los litchis de Madagascar, los marañones de los tamboreros que se acercan a Dios cuando golpean la piel del chivo entre el Atrato y el Baudó: Es un sabor a litchis de Madagascar, es decir, un sabor agridulce a ucronía.

He oído de Aquiles Cuervo por su biógrafo, Alberto Bejarano. Una mitología o fundación poética que construye su propio teorema, un poema atravesado por el embrujo del cine. El teorema del otro radical, el extranjero en Europa, el latinoamericano en Europa, el colombiano en Colombia, aquel que asume su realidad como una forma de extranjería, de exilio, de desplazamiento forzado. La sensación de la ubicuidad es un proceso en el que la lucidez y el sueño, la maravilla y la torpeza, nos llevan a la máxima expresión de la ruptura de la relación humana, demasiado humana, entre el territorio y la identidad: el albergue.

Aquiles Cuervo lleva en su memoria la intuición de la des-territorialización, de allí que los símbolos radicales de su metáfora de lo ubicuo sean: la noche (la bonarense, la bogotana, la parisina) y el árbol que produce semillas luminosas, el mismo árbol elegido para el ritual de los ombligados de Ananse. Su exilio es una metáfora como es metáfora la masacre que obliga a los campesinos de Colombia o a los republicanos de España, a dibujar el cuerpo desnudo, la geografía testaruda, de su país del futuro, de su territorio soñado en lo lejano: “Ya está amaneciendo, aunque la noche siga tan instalada en el ambiente y en sus espíritus”.
De allí que pueda suponer que en Litchis de Madagascar, el árbol luminoso es la frontera entre el sueño y la muerte, la ya clásica fórmula del bueno de Nerval permite sospechar que la muerte es un nacimiento, la posibilidad de las continuidades míticas. De allí que podamos imaginar al tío Hernando o a Nicole en su renuncia a la carne y al carnaval de la vida, como aspiraciones a la conciencia: como ellos, tuvimos que renunciar a nuestros cuerpos para que alguien nos nombrara.

Afuera, las guerras sólo cambian de nombre y de lugar y el recuerdo de aquellos nombres, de aquellos lugares donde la guerra es la misma, aparece en Litchis como una música de alas. La ciudad es entonces el albergue del que huye de sí mismo, porque la guerra es el reflejo de las subjetividades yuxtapuestas, del exceso de corazones que laten tan fuerte que sólo escuchan el eco de sí mismos. En aquel albergue, la espera y la quietud son el cofre en el que se guardan las semillas cuya luz se apaga con el pasar del olvido, con las vidas disueltas, con las obsesiones del canalla, del voyou que no es sólo un hombre y su otro, como en la respiración asmática de Borges, sino que es un país entero: la imagen de un territorio en el que la ciudad es el espacio de las coincidencias y las obviedades, de los caminos que conducen al Imperio voyerista que goza de acusar de canallas a las naciones rebeldes.

Es allí donde podemos acercarnos a otra metáfora: la de las ojeras del habitante de los países rebeldes, como pesadillas recurrentes que envejecen al soñador. Así, los que nacemos en la guerra presuponemos una normalidad añorada, que es, efectivamente, lo desconocido, el misterio que goza con ser develado como los gatos de Baudelaire: añoramos la normalidad que no conocemos. Somos hijos del insomnio, porque tememos morir mientras dormimos. Así, soñamos (en la plenitud de la vigilia) con el pasado que nunca vivimos, que nos cuentan los sobrevivientes del presente y es entonces cuando el insomnio nos hace suponer que la normalidad es el futuro, la conciencia posible de lo que se nos presenta como destino: Hombres que se han hecho viejos esperando volver a una nación cada vez más lejana, jóvenes envejecidos por la espera de la noticia de la muerte del tirano.

Somos entonces, seres desdoblados. Las gitanas tienen el poder de verse a sí mismas desde fuera, como en el canto lúcido de Vallejo, todos sus huesos son ajenos. Las gitanas nos han heredado la posibilidad de escribir sobre nuestras vidas como misterios. Como el misterio o sortilegio de Aquiles Cuervo. De los litchis. De los relatos de héroes que pertenecen irremediablemente a seres anónimos, refundidos en la maleza de la historia escrita. De allí que pueda decir que la literatura no es, no puede ser ya, un escapismo: es un compromiso radical. De allí que la autoría sea un accidente y que el efecto de encontrarse frente a un espejo no puede ser un artificio o una falsa modestia sino la posibilidad de que lo auténtico pertenezca a la tradición o al lenguaje. Como la calle que nunca llevará tu nombre, ni el mío, ni el de Aquiles Cuervo: porque ha de ser una condena ver pasar una y otra vez a personajes etéreos como esta señora, y uno ahí, convertido en nombre de calle, sin poder escribir sobre lo que se ve.

La escritura no es, no puede ser, una simple manía, una compulsión o extravagancia. Yo la veo como una obsesión lúcida, como una necesidad existencial. Como una más de las caras de la memoria. Y como toda memoria, es también una forma, torpe pero auténtica, del poder en un sentido amplio: posibilidad de imaginar que hacemos parte de una comunidad que a su vez, nos imagina como iguales. ¿Iguales a qué? A lo inconmensurable, a lo que no tiene medida. Breve utopía de la evasión que se sorprende con la descripción de lo evadido. Evasión de las guerras y los pasados, evasión de las genealogías de nuestra propia vida, evasión de nuestro verdadero yo en tanto un nosotros, una gitana, una mujer desnuda, un anciano recluido en el Denise Grey. Evasión que en estos tiempos de imperios voyeristas y patrias canallas, parece haberse convertido poco a poco en nuestro Norte.

Libro: Litchis de Madagascar.
Autor: Aquiles Cuervo.
Editorial: El Fin de la Noche.
Género: Cuentos.
Año: 2011.

1 comentario:

Dinh Ha dijo...

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Thiên Ngoại Lâu có Cửu Phong, Nhất Viên, ý là được chia ra làm chín ngọn núi lớn cùng một khu vườn, do mười đệ tử đời thứ bảy chia nhau cai quản, lần lượt là Vân Lai Phong, Vân Vụ Phong, Vân Miểu Phong, Vân Khai Phong, Tụ Vân Phong, Tỏa Vân Phong, Mộng Vân Phong, Hận Vân Phong, Đạp Vân Phong và Tử Trúc Viên.

Tụ Vân Phong chính là ngọn núi của tông chủ Ô Vân Lương, cũng chính là ngọn núi có địa vị cao nhất. Mà cái vườn kia chính là Tử Trúc Viên, chỗ ở của Sở Dương. Nhưng trong những nơi này, tuy phong cảnh của Tử Trúc Viên rất thanh nhã, nhưng cũng là nơi có ít tài nguyên nhất.

Chủ nhân của Tử Trúc Viên là một người tên là Mạnh Nhiên, là sư đệ nhỏ tuổi nhất trong số mười người đệ tử, tính tình đạm bạc, không thích tranh chấp cùng thế gian. Hắn chưa bao giờ tranh chấp cái gì cùng với chín vị sư huynh, cả đời cũng chỉ thu ba người đệ tử là Thạch Thiên Sơn, Sở Dương, Đàm Đàm.

Ngoại trừ Thạch Thiên Sơn là con trai hắn ra, Sở Dương cùng Đàm Đàm đều là cô nhi hắn nhặt được ở bên ngoài.

Mỗi một đời, mười người đệ tử cầm lái Cửu Phong, Nhất Viên sẽ được lựa chọn ra từ hàng ngũ nội môn đệ tử. Đại sư huynh trong số mười người này chính là người được chọn làm chưởng môn trong tương lai, hùng cứ ở Tụ Vân Phong.