Desviaciones al margen de LITCHIS DE MADAGASCAR

Me han llegado noticias de Aquiles Cuervo como conjuros o sortilegios. Como las provocaciones de ciertas lejanías en las que quisiera situarme sólo un instante para ser el otro. El otro de las ubicuidades necias, el que se siente reflejado en un niño que recoge una flor amarilla en la escena de una película que nos lleva, en un relámpago de luces multicolores, a Bogotá, Buenos Aires y París. El reino de la noche que tiene por excusa, los litchis de Madagascar, los marañones de los tamboreros que se acercan a Dios cuando golpean la piel del chivo entre el Atrato y el Baudó: Es un sabor a litchis de Madagascar, es decir, un sabor agridulce a ucronía.
He oído de Aquiles Cuervo por su biógrafo, Alberto Bejarano. Una mitología o fundación poética que construye su propio teorema, un poema atravesado por el embrujo del cine. El teorema del otro radical, el extranjero en Europa, el latinoamericano en Europa, el colombiano en Colombia, aquel que asume su realidad como una forma de extranjería, de exilio, de desplazamiento forzado. La sensación de la ubicuidad es un proceso en el que la lucidez y el sueño, la maravilla y la torpeza, nos llevan a la máxima expresión de la ruptura de la relación humana, demasiado humana, entre el territorio y la identidad: el albergue.
Aquiles Cuervo lleva en su memoria la intuición de la des-territorialización, de allí que los símbolos radicales de su metáfora de lo ubicuo sean: la noche (la bonarense, la bogotana, la parisina) y el árbol que produce semillas luminosas, el mismo árbol elegido para el ritual de los ombligados de Ananse. Su exilio es una metáfora como es metáfora la masacre que obliga a los campesinos de Colombia o a los republicanos de España, a dibujar el cuerpo desnudo, la geografía testaruda, de su país del futuro, de su territorio soñado en lo lejano: “Ya está amaneciendo, aunque la noche siga tan instalada en el ambiente y en sus espíritus”.
De allí que pueda suponer que en Litchis de Madagascar, el árbol luminoso es la frontera entre el sueño y la muerte, la ya clásica fórmula del bueno de Nerval permite sospechar que la muerte es un nacimiento, la posibilidad de las continuidades míticas. De allí que podamos imaginar al tío Hernando o a Nicole en su renuncia a la carne y al carnaval de la vida, como aspiraciones a la conciencia: como ellos, tuvimos que renunciar a nuestros cuerpos para que alguien nos nombrara.
Afuera, las guerras sólo cambian de nombre y de lugar y el recuerdo de aquellos nombres, de aquellos lugares donde la guerra es la misma, aparece en Litchis como una música de alas. La ciudad es entonces el albergue del que huye de sí mismo, porque la guerra es el reflejo de las subjetividades yuxtapuestas, del exceso de corazones que laten tan fuerte que sólo escuchan el eco de sí mismos. En aquel albergue, la espera y la quietud son el cofre en el que se guardan las semillas cuya luz se apaga con el pasar del olvido, con las vidas disueltas, con las obsesiones del canalla, del voyou que no es sólo un hombre y su otro, como en la respiración asmática de Borges, sino que es un país entero: la imagen de un territorio en el que la ciudad es el espacio de las coincidencias y las obviedades, de los caminos que conducen al Imperio voyerista que goza de acusar de canallas a las naciones rebeldes.
Es allí donde podemos acercarnos a otra metáfora: la de las ojeras del habitante de los países rebeldes, como pesadillas recurrentes que envejecen al soñador. Así, los que nacemos en la guerra presuponemos una normalidad añorada, que es, efectivamente, lo desconocido, el misterio que goza con ser develado como los gatos de Baudelaire: añoramos la normalidad que no conocemos. Somos hijos del insomnio, porque tememos morir mientras dormimos. Así, soñamos (en la plenitud de la vigilia) con el pasado que nunca vivimos, que nos cuentan los sobrevivientes del presente y es entonces cuando el insomnio nos hace suponer que la normalidad es el futuro, la conciencia posible de lo que se nos presenta como destino: Hombres que se han hecho viejos esperando volver a una nación cada vez más lejana, jóvenes envejecidos por la espera de la noticia de la muerte del tirano.
Somos entonces, seres desdoblados. Las gitanas tienen el poder de verse a sí mismas desde fuera, como en el canto lúcido de Vallejo, todos sus huesos son ajenos. Las gitanas nos han heredado la posibilidad de escribir sobre nuestras vidas como misterios. Como el misterio o sortilegio de Aquiles Cuervo. De los litchis. De los relatos de héroes que pertenecen irremediablemente a seres anónimos, refundidos en la maleza de la historia escrita. De allí que pueda decir que la literatura no es, no puede ser ya, un escapismo: es un compromiso radical. De allí que la autoría sea un accidente y que el efecto de encontrarse frente a un espejo no puede ser un artificio o una falsa modestia sino la posibilidad de que lo auténtico pertenezca a la tradición o al lenguaje. Como la calle que nunca llevará tu nombre, ni el mío, ni el de Aquiles Cuervo: porque ha de ser una condena ver pasar una y otra vez a personajes etéreos como esta señora, y uno ahí, convertido en nombre de calle, sin poder escribir sobre lo que se ve.
La escritura no es, no puede ser, una simple manía, una compulsión o extravagancia. Yo la veo como una obsesión lúcida, como una necesidad existencial. Como una más de las caras de la memoria. Y como toda memoria, es también una forma, torpe pero auténtica, del poder en un sentido amplio: posibilidad de imaginar que hacemos parte de una comunidad que a su vez, nos imagina como iguales. ¿Iguales a qué? A lo inconmensurable, a lo que no tiene medida. Breve utopía de la evasión que se sorprende con la descripción de lo evadido. Evasión de las guerras y los pasados, evasión de las genealogías de nuestra propia vida, evasión de nuestro verdadero yo en tanto un nosotros, una gitana, una mujer desnuda, un anciano recluido en el Denise Grey. Evasión que en estos tiempos de imperios voyeristas y patrias canallas, parece haberse convertido poco a poco en nuestro Norte.
Libro: Litchis de Madagascar.
Autor: Aquiles Cuervo.
Editorial: El Fin de la Noche.
Género: Cuentos.
Año: 2011.
EN MI PECHO CUELGA UN HURACÁN: Reconociendo las siluetas de las voces
Por: Fernando Vargas Valencia
En mi pecho cuelga un huracán, más que la primera antología de poetas no videntes de Guayaquil, es de los más osados intentos que por estos lados de la tierra se conozcan para hacer visible lo invisible. Para ello, ha surgido desde la expresión más contundente de invocar lo otro: escuchándolo.
Como escribe David Veloz al decirnos: “reconozco las siluetas de las voces”, hay una forma de visión poética que trasciende la expresión lineal de los sentidos, por ello, esta antología nos enseña a conocernos a nosotros mismos cuando nos atrevemos a ver a través de la silueta de la voz del otro. Como sostiene uno de los poemas de Xavier González: “es mejor mirar/ con los ojos del alma/ que tener ojos/ y no mirar nada”.
El lector podrá encontrarse con una sed compartida, necesaria para estos tiempos en lo que lo líquido se espanta como un pájaro mudo. Verse reflejado en el otro, es un acto de la más profunda y radical humildad porque no existe la soledad en estos tiempos de ruidos indescifrables y necesitamos estar ciegos para revocar los gritos de quienes creen ver en nombre de nosotros.
Un poema de Juan Pino, nos recuerda esta sed del otro que trasciende nuestra mismidad: “no hablo de mis huesos ni de mi corazón, ni de mi sangre, y solamente quedas tú allá en la mar”.
El hombre que tiene sed, enceguece, y algún sentenciador atinará a decir: quien tenga manos que escriba. Y aún más: que acaricie lo escrito. Escribir no es pues una acción mecánica o colmada de las falsas lucideces de la razón.
Es un acto de entrega, como en el encuentro erótico. Quien escribe un poema revela su secreto, se desnuda. Y aquel que ha hecho de la caricia su mirada más radical lo podrá contemplar tocándolo. Estos poemas son cuerpos que nacen de la otra mirada, aquella capaz de conocer al otro acariciándolo.
Es así que un libro como este será apenas una búsqueda en medio de una falsa oscuridad, una invitación a tocarse a través del pecho colmado de huracanes que se deja revelar por el poema para cuya lectura se necesitarán siempre dos.
Libro: En mi pecho cuelga un Huracán, Primera antología de poetas no videntes de Guayaquil. Género: Poesía. Selección y prólogo: Augusto Rodríguez. Año: 2010. País: Ecuador.EL TIEMPO ES LA HERIDA QUE GOTEA: Hacía una poética carente de obviedad

Por: Fernando Vargas Valencia
Alguien dijo que los excesos de luz enceguecen de tal forma que son hermanos de la oscuridad absoluta. Es difícil pensar en espacios claroscuros si no se tienen las suficientes llagas para lacerarse cuando se transita a tientas. El ser que es ciego es subterráneo y sobredimensiona su tacto para transpirar el rayo. Es una cuestión de fuegos lacerados, como la palabra irradiante de Gladys Mendía quien nos narra la luz de la sangre de sus llagas diminutas a doscientos kilómetros por hora.
¿Qué gotea la herida? No puede ser tan obvio. Si hay cuanto menos una virtud en la poética de mi hermana Gladys Mendía es que sus palabras carecen de toda obviedad. Trashumante metáfora del silencio, como Blanca Varela (interpolada por Octavio Paz), Gladys sabe callar a tiempo, porque cuando calla está abriendo las puertas a la percepción puntual de los interregnos, algo así como una promesa de llegar a envestir al contrario.
Los estados intermedios tienen su alcohol en la palabra transitada por su antípoda de tal forma que cuando el poema frena lo que pretende es volver a sí mismo, revolucionarse y arrancar en medio de las autopistas que a duras penas, dejan en los conductores suicidas, un recuerdo que gotea llantos entrecortados, como heridas de una carretera que no conduce a ninguna parte. Interregno, estado intermedio: parpadeo.
Túnel de lo que se deja presagiar en la herida abierta. Penetrar es llegar y llegar es partir. Bajo esa lógica de la ruptura, todo dolor promete el placer de su olvido. No en vano los amantes se entregan a la derrota bárbara de dejarse penetrar el uno en el otro, como jugando a construir pequeñas heridas en la herida. Noche boquiabierta de los oximorones, “el alma lleva las luces de peligro parpadeando la triste /noche que por segundos se convierte en día la bruma /y la arena en una misma orilla”.
Libro: El tiempo es la herida que gotea
Género: Poesía
Autora: Gladys Mendía
Editorial: Paracaídas Editores
Año: 2009
País: Perú
Páginas: 64
Variaciones en torno a un ANSIADO NORTE

Por: Fernando Vargas Valencia
“Hace días y años luz, Caronte,
que me crecen versos en el remo.”
Marco Dalí Corona
Deseo concentrarme en dos imágenes que se presentan con total resplandor en Ansiado Norte: la terrible inquietud del agua y la figura mítica de Caronte. Actualmente es difícil, al menos para mí, desprenderme del contexto en el que se produce la sublime bondad del diálogo. En este caso, la lectura es un diálogo revelador, y la metáfora se inserta en la cotidianeidad para transformarla o reiterarla. Supongo que Caronte, aquel al que el poeta le grita desde una orilla dibujada en soledad, que le crecen versos en el remo, es a su vez la conciencia posible del tránsito y de la fugacidad.
Caronte es el habitante y obrero del río, el que lleva las almas perdidas hacía el país de los muertos. A mí me llega esta imago del barquero de la muerte en un espacio que vincula las fuerzas concéntricas de la memoria hacia lo que significa en Colombia el río como símbolo del desprecio por la vida y como juego circular de borrar toda evidencia de la anti-erótica fundada por los paramilitares a través de la masacre. El mito se me revela en el poema, más allá de la soledad de aquel que busca un norte ansiado que puede ser mujer, patria, tierra firme, albatros, silencio, o el poema mismo. El mito es revelado y transformado por el poeta: el río es pues, el tránsito, la metáfora más elemental de lo elevadizo, lo resbaladizo, como la memoria. No en vano el comandante paramilitar colombiano ordena “sepultar” los cuerpos de mujeres y hombres masacrados en los lechos de los ríos: lo hace para evadir los círculos concéntricos de la memoria, para arrebatarle al presente toda posibilidad de recordar el futuro. Pero se olvida que el río es en sí mismo una metáfora, la metáfora del agua que no se cansa de transitar y de transitarse, y de repente, sus muertos, comienzan a hablar. De allí que Marco Dalí traiga consigo su ansiado Norte y yo lo relacione con la soledad de mi patria, con la posibilidad de un río otro, el de la memoria, y con la tierra firme que arrulla a los recién nacidos con los cantos fúnebres que les negaron a los ahogados del destierro.
Caronte es la trasposición del anhelo, el pescador no puede arrojar sus redes a un camposanto. Hay pues la posibilidad de un conjuro en un mundo donde reina la muerte: al poeta le nacen versos en los remos porque no es él quien habla, sino las almas de los masacrados cuyos cuerpos fueron arrojados a los ríos. Yo supongo que Marco Dalí Corona no es extraño a estas revelaciones. La circularidad de la metáfora parte, precisamente, de los arquetipos de una memoria averiada por las sombras de las eras, lo poético es ante todo, transposición del tiempo. De alguna forma Lezama, Borges y Reyes coincidieron en revelar la metáfora como la forma más diáfana del pensamiento asombrado, de la intuición analógica. Para que un poeta pueda hallar la metáfora que abarque todos los mundos, requiere de muchos desgarramientos, de una lucha permanente. Como diría Álvaro Marín, el mayor reto de la poesía es “nombrar el mundo desde el universo referencial que es la atmósfera que circunda el tema, sin nombrarlo directamente, en un acercamiento desde la analogía y la metáfora”, en este caso, “la escritura es una metáfora de la vida, en donde la mayoría de las veces no se logra lo deseado, pero cuando se logra es la manifestación del milagro de la poesía”.
Creo que este asombro es un impulso que sostiene el poemario de Dalí Corona. Y no puedo decirlo desde una base conceptual o alguna afirmación técnica, las más felices de mis carencias, sino desde el impacto que ha producido en mi la metáfora del río, la fugacidad del viento y la condición del poeta como revelador del secreto que guardan las sombras errantes del Hades. Los muertos y desaparecidos de Colombia son la metáfora de la otra Colombia, la poética, la que no exigirá óbolos a sus muertos para que puedan descansar en paz. Un poemario lejano como Ansiado Norte, capaz de arrullarme con su canto hacia la conciencia posible, para mí, tiene la fuerza poética necesaria para transformarme. Salir de sí para indagar un territorio supuestamente ajeno es, en verdad, volver a sí. Una poética del retorno es, por lo menos en mi opinión, vital en un país de desterrados como Colombia. Por ello celebro los versos de Marco Dalí desde mi propia experiencia personal y social, la única que tengo, porque me revela el arquetipo de un pasado común entre él y yo, entre su pueblo y mi pueblo: nuestro pasado común es el futuro, porque vendrán tiempos en que aquellos seres del presente que persiguen el futuro, serán los “escombros de algo llamado algarabía”.
Miro el Baudó, miro el Atrato, miro el Guaviare, miro el Río Grande de la Magdalena y entiendo que, como dice Marco Dalí, “la única eternidad/ está en el viento que circula a los extremos de este río,/ en el viento que sólo intuyo a la distancia”. Veo los ríos, los países de Colombia y observo al Caronte que la ansiedad terrible y la enorme generosidad poética de Marco Dalí trae consigo, como si no fuera obvio que todos los ríos llegan al mar y que el mar es, en últimas, la tierra común de todos los muertos, el espejismo de algo que, suponemos, es nuestro ansiado norte.
Bogotá, 13 de Agosto de 2010.
EL REVÉS ASOMBRADO DE LA OCARINA: Nostalgias para una poética

Diario Momento, Páginas Culturales, 5 de febrero de 2009
En El revés asombrado de la ocarina, están presente Roberto Art, Jorge Luis Borges, Cortázar, Leopoldo Marechal y ese sinnúmero de magos torpes que el sur nos ha dado a manos llenas. La ciudad del sur del sur, es un silencio entorpecido por la promesa y la revelación, por los matices yuxtapuestos de lo indígena, lo europeo y lo criollo. Una suerte de fortín sitiado por el hambre de fuego. De los muchos nombres que recorren ciegamente la memoria, aparecen unos versos cortos, unas imágenes contundentes, una emoción puntual: de repente, se toma un libro, y se funda míticamente la ciudad cotidiana.
La ausencia puebla nuestros silencios mientras más allá del tiempo y de los espacios, las libaciones más secretas, van señalando destinos impostergables. Nos hablan desde el pasado en esa extraña coincidencia de nuestro presente con el futuro de sus voces maravilladas. Sombras inmortales, se funden en una ciudad íntima que es la Nostalgia. En ella, hay sombras, esquinas que nos van llevando hacía la urgencia de estar vivos, hacía la posibilidad de ser inmortales, en El revés asombrado de la Ocarina hay un grito indígena escondido que se vuelve putas y tangos, revés agotado del bandoneón arrabalero que es el agotamiento de una era soportada en ruinas y pobreza, y la revelación poética de su síntesis libertaria:
“Dionisio sabe que lloverá siempre.
Va pateando y ahogando perros tuertos
en un pueblo amarillo de provincia.
En el ranchito rosa, mil hermanos
soplan oscuro caldos hasta entibiarlo.
Se enferman y se pierden y se ausentan.”
La fundación mítica se sostiene de la intención nostálgica del poeta de convertirse en agonista. Las imágenes que la nostalgia ofrece al poeta son escurridizas y somnolientas, son mujeres que aparecen a destiempo, como fantasmas que roen el pan ceremonioso de la ausencia:
“Adoramos a las mujeres somnolientas,
por eso,
cuando menos lo piensan
las guardamos así
amodorradas:
las guardamos así
tras de los ojos.
Y cuando no sabemos hacia dónde
tirar el carro, el lomo y tantas cosas,
sacamos de la nada esos recuerdos:
una tiende ambos brazos hacia el cielo,
otra hunde el mentón sobre la palma,
la tercera bosteza y mira al techo.
Pasamos el invierno casi siempre
evocando mujeres somnolientas”.
En un grito nietzscheano, Cavallo puede recordarnos las palabras del mago Cortázar cuando afirma que “nuestro poeta, mago ontológico, lanza su poesía hacia las esencias que le son específicamente ajenas, para apropiárselas” ya que “Poesía es voluntad de posesión, es posesión”. Esa posesión es una pérdida: me sé yo mismo, fuera de mí. El poeta no puede conformarse con una vida: es todas las vidas, así como todas ellas, son una sola: la de otro. Cuando Horacio Cavallo evoca la Buenos Aires incendiada por los Siete Locos de Art, o el violín orinado bajo las sábanas de la cama de Juan Carlos Onetti, trae a la memoria rota, la sed de posesos de Cortázar y Octavio Paz, herederos de la sabiduría humilde de Jorge Luis Borges: es a otro al que le pasan las cosas que le suceden al poeta. Ese otro, es él mismo. Una memoria clandestina y una vida trashumante: el poeta es el que sueña el mundo posible, pero también es el oficinista de turno. Su sed consiste, en unir esa vida falsa y esa otra vida en la que el tamaño de su esperanza sobrepasa los límites de su cuerpo.
El verso aparece como el espejo donde están juntas todas esas vidas. No hay “afueras” ni “adentros” en los versos. Cuando el poeta Horacio Cavallo dice: “devuélvame el que era, / no soy este/ Y me he visto pasar,/ miraba el cielo/ Devuélvanme ese cielo por lo menos”, nos invita a reclamar nuestro destino: somos más que un nombre, somos los dioses, somos todo y uno, la magia de salirnos de nosotros mismos y de gozar del retorno: “El paraíso es una cama grande/ para uno solo/ Y una mujer sonando su violín/ Y un viejo entre novelas policiales/ con su violín debajo de la sábana/ para poder mear mientras escribe”, dice el poeta que, buscando a Onetti, se sabe finito para ser lo infinito.
Siempre he procurado la lectura de los poetas de nuestro continente, como una excusa para escribir sobre la poesía. Por ello, mirando la brevedad fragmentaria de Horacio Cavallo, quien en sus poemas esconde a un novelista circular, vislumbro que el poema es un intento por decirnos lo posible más allá de los límites de la visión del mundo. Hay una conjunción entre narración y poema en El revés asombrado de la ocarina, lo que me provoca vestigios entrecortados de un Leopoldo Marechal que pretende mostrarnos en sus personajes, un poema cotidiano, un poema entendido como gaya ciencia, golpe de liberación desde lo más íntimo, creación de un nuevo pronombre que desvanece todos los pronombres.
Se presiente, desde los trazos fusionados entre el soneto y el tango de Horacio Cavallo, que en Montevideo sigue lloviendo, que esa ciudad-mujer, esquiva y caprichosa, se yuxtapone en la percepción a este paisaje meditabundo que es Bogotá adormilada, sedada por el paso del tiempo desde las montañas y no se sabe entonces qué besar, qué mirar desde los vidrios empañados de este cielo americano “de fregón descolorido” que “nubla los ojos del que lo desviste”. La poesía puede ser capaz entonces de romper los límites de la percepción, haciendo de la eternidad de su instante, el producto de una urgencia por habitarnos a nosotros mismos.
Como reconoce Cortázar, “la actividad poética (es) el producto de una urgencia que no es sólo estética, que no apunta sólo al resultado lírico, al poema” sino que es un compromiso existencial con una visión nueva del mundo y de las cosas, con el retorno a lo por-venir. Desde allí, la nostalgia es una ciudad colmada de fantasmas silenciosos. Nuestra memoria va recontando sus muertos y los recupera de ese amargo laberinto que es la muerte: el lector puede rescatar del interminable laberinto de una memoria sojuzgada por bestiarios, entre los que se cuenta el de la música y el vino, irreparablemente, el hecho de que la nostalgia es una necesidad existencial. Esta necesidad es la de construir un mundo poético, en el que reconozcamos el terrible destino humano, que consiste en que nacimos inmaduros para la muerte:
“Morir,
Morirse así, sin más remedio.
Si es cierto que la inmortalidad
consiste en repetir hasta el cansancio
el último aleteo de este lado”
En este destino poético hay nostalgia, porque involucra la trasgresión inherente a hacer de la presencia del otro una necesidad vital, lo que es bastante incómodo en un mundo de evasiones. Ese encuentro con el otro, esa hambre de comunión del poeta es la conciencia de que sin el otro, el yo está perdido. Ese otro evocado por la erótica, violenta y a destiempo, de El revés asombrado de la ocarina, evidencia el hambre de comunión inherente a la sensibilidad poética donde se es consciente de que lo escrito, lo dicho, no pertenece al poeta sino a quienes son nombrados en la alusión permanente de su aullido:
“A veces en la noche
me despiertan.
Ladran concatenados y en jardines,
persiguiendo los rabos imposibles,
con las fauces babeantes.
Los he oído:
Tu nombre es ese aullido interminable”.
FRAGMENTOS PARA UNA MEMORIA: Versos como Solos de Timbal

A las nenas de los barrios de Caracas y Bogotá.
A la Primera de Mayo, avenida de Bogotá llena de sabrosura.
A los bongoes que dejé huérfanos en Caracas.
Las ausencias son promesas. Se cierra el año y qué mejor que soñar con la posibilidad de que los ritmos sean un discurso, que los solos de tambor o de piano contengan replanteamientos de lo dicho, de lo por decir. Algún día, las mujeres y los hombres seremos capaces de usar como argumentos, de citar como si se tratara de una fuente al pie de página o al margen, un solo de saxofón de Charlie Parker, un suspiro angustiado de Chavela Vargas, un solo de timbal de Orestes Vilato o la ceremonia recalcitrante del piano de Eddie Palmieri.
Intentaré en estas palabras defenderme de la poesía de José Javier Sánchez, poeta venezolano (Caracas, 1970) quien en la reciente Feria Internacional del Libro de Venezuela lanzó su libro Fragmentos para una Memoria, editado en la Colección Contemporáneos de la Fundación Editorial “El Perro y la Rana”. ¿Por qué defenderme de unos versos, de una imagen que retorna a la palabra para nutrir sus contornos? Porque a veces, lo que nos contiene, lo que llega a nosotros como una alegría, como una esperanza y como una reivindicación de lo que soñamos, en algún momento habrá de punzarnos, de ejercer cierta violencia libertaria en nosotros. Habrá que hacerles frente con la radicalidad de la esperanza a esas hordas sensuales que vienen hacía nosotros para colmarnos de esperanza.
No me defenderé con conceptos ni palabras, sino con un intento (torpe por lo demás) por hacer de los signos músicas entrecortadas y de la música, una conciencia posible. Para ello, José Javier Sánchez me dice:
“dicen que Pabloco y Sanoja llegarán un poco tarde
pero para la rumba y la vida siempre será temprano
también para otra pieza
para cambiar el disco
variar las melodías
ligaremos los tragos
todos haremos coro
a Héctor y a Maelo
llenaremos la sala de las hermanas Compota
para iniciar la fiesta
de nuevo se los juro
bailaré hasta el cansancio.
Es sábado en el barrio.
El barrio está de fiesta”.
En esta imagen está el barrio, la ciudad latina cuyo movimiento está colmado de saturaciones y sabores entremezclados, el instante cotidiano de la gente sencilla, de las mujeres y hombres que sueñan con la esperanza desde la ventana de una casa o de una pensión, que aspiran al sábado para bailar, para escuchar la música que es el alma del pueblo, para parrandear porque es allí donde se confirma al otro, donde el encuentro no es sólo una cita, sino la sensualidad de un rito libre, donde bailar, beber y sonreír son gestos de una espontaneidad que viene desde la raíz misma de nuestra cultura, sostenida por la imagen en la que el mundo abre nuestros ojos con la rumba.
José Javier Sánchez reconoce en el poeta, no un testigo o un individuo especialmente concretado en la palabra ingenua que supone un ritual acabado o una ceremonia estética, sino el rumbero, ese que tuvo que haber reído y haber llorado, el que tiene que sentir por dentro emociones dulces, aquel que nació con clave. En otras palabras: aquel con el corazón capaz de registrar las emociones y sueños de la gente con la que vive, con la que construye el futuro a cada paso.
Nuestra América tiene en la música su mayor espontaneidad y un sello que trasciende en la historia, hablo de una música mestiza llamada a convertirse también en mensaje libertario, en una señal de lo que vendrá, de la hora de Nuestra América que es a-hora, es decir, negación de la linealidad del tiempo de Occidente y llamada a concretarse aquí, de inmediato. La poesía de José Javier Sánchez esconde el ritmo de una percusión que lo hace hermano de la poética de Héctor Lavoe que llora su genialidad mientras bebe el último ron que puede soportar, de la voz diáfana de Ismael Rivera que anticipa el presagio de nuestra espontaneidad en el juego del soneo. Quisiera pues que vinieran a mí los golpes de las manos duras de Ray Barretto, el guajeo del vibráfono de Alfredo Naranjo, la sabrosura de Willie Rosario, el “me gustan los timbales pa´gozar bembé” de Joey Pastrana, lo fulminante de todas las orquestas que rompen las grietas de una Caracas corroída y que erigen una nueva ciudad colmada de esperanza, con un tizón encendido a través del son y del rap, del guaguancó que se desliza estratégicamente por los dioses africanos, los disfraza de santos cristianos y nos devela el ritmo de nuestra sangre que se niega a toda forma de rutina:
“Toda rutina que cumpla la mayoría de edad (entiéndase tres meses)
debe ser condenada a la hoguera de la creatividad.
No permitas que te invada.
Apaga el televisor.
Cambia la cinta.
Regala los cds.
Sal de tu casa por calles distintas.
No entres por la misma puerta a tu trabajo.
Reza con los católicos, discute con los evangélicos y conspira con los marxistas.
Escribe poesía.
Pero no te masturbes al hacerlo”.
Latinoamérica es la negación de la rutina narcisista de la sociedad de consumo. A la hipocresía del confort, que impone la radical lejanía, la soledad masturbatoria, el chat sin la mirada ni la voz del otro, nuestra cultura enfrenta la alegría del carnaval, el escuchar a los muertos, el baile como contacto sin palabras, la espontaneidad de una visión del mundo que es negra, mestiza e indígena. Ante la nulidad del minimal-self, nuestra música es un grito para el encuentro, para la cofradía, para el ejercicio del diálogo, entendido como ruptura con las horas, como amor por los otros. El más diáfano gesto del amor: charlar y bailar. José Javier Sánchez es pues una tempestad de recuerdos, la memoria enmienda sus fragmentos y olvida libertariamente para erigir el futuro como la posibilidad-promesa de transformarse. La memoria es espermática: memorizamos desde la raíz de nuestra cultura y aprendemos-desaprendemos imposiciones y silencios, para romper cadenas, para cantar y bailar, porque como escribió el grande Vinicius de Moraes, cantar es la misión del poeta y bailar es el destino de la pureza:
“Esas calles me piden que de nuevo las camine con los viejos
amigos cantando boleros y llevando serenatas a las suegras
para poder hacerles el amor a nuestras novias en medio de la noche.
Ellas no quieren que las sepulte en el fondo de esta frágil memoria
debo buscarlas
debo salir de esta habitación que me hace trampas”.
Es por ello que erijo estas palabras torpes en defensa. Porque preferiría hablarles a través de un bongó o una conga. Decirles que el amor es otra cosa, que sólo la voz de Celia, de La Lupe o de Martirio pueden decirnos qué es eso que llamamos amor, con mayúscula y espantados. Que Ray Pérez dice que los valientes mueren de pie, que la Charanga Moderna de Ray Barretto me enseñó a defender la condición de errante y bohemio, única coherente con las esquinas de los barrios de Nuestra América. Que hay poesía en los boleros más sentidos que unen en un solo canto a México, Cuba, Puerto Rico y toda Suaramérica; que Caracas es más que el “Pensando en Ti” de Cheche Mendoza que siempre oímos en Colombia en todas las fiestas; que en “Revolt-La Libertad, Lógico” de Palmieri hay un grito libertario; que el Sexteto Juventud habló por primera vez de un paraíso a orillas del mar, llamado La Guaira. Que sin las ciudades de Colombia, soñadas y amadas por el maestro Billo Frómeta (hablo de un poeta dominicano-venezolano-colombiano, ciudadano latinoamericano), no habría ni Cachimba de San Juan, ni Cumbia Caletera, ni rumbas de fin de año en Venezuela.
No podría decir otra cosa sino pensar que en José Javier Sánchez hallo correspondencias con esa pretensión de unir la música y la crónica de arrabal, la poesía y el sentir de la gente que sostiene toda poética, la gente del suburbio, el “malandro” y el obrero, las nenas divinas y libertarias de todos los barrios de México, de Santiago, de La Habana, de San Juan, de Lima, mujeres cuya mirada es promesa y cuyas caderas (siempre danzantes y sensuales) son el fragmento de una metáfora imborrable en nuestras memorias:
“Esperaré a que usted llegue y se desnude
para endulzar mi aliento con sus besos,
calmar mi sed en el mar de sus entrañas,
encontrar la paz en el regazo de su orgasmo.
Luego la adoraré; la haré santa; Diosa Africana.
Será usted mía y le daré la libertad de partir cuando le plazca.”
Autor: José Javier Sánchez.
Editorial: El Perro y La Rana.
Género: Poesía.
Año: 2008.
CANTOS CONTRA UN DINOSAURIO EBRIO: Noticias de un cáncer que acaricia el cuerpo

Cantos contra un Dinosaurio Ebrio: cáncer que acaricia al cuerpo que lo contiene. Divina infección, como el amor, misterio radical que es oleaje púrpura. Disección de un miembro que se encuentra fascinado por la tortura. Caricia feroz de la palabra que a través del insulto, nos alaba.
Las moscas mueren en la sed repetida del aplauso. Aplaudir puede ser un acto-reflejo, una simple reacción en el laboratorio cruel de los sentidos, o tal vez, un acto político, cargado de símbolos entremezclados. A Augusto Rodríguez (Guayaquil, Ecuador, 1979), según parece, le gusta aplaudir en los museos de historia natural (vaya oximorón el que se nos impone: el sujeto-objeto, lo crudo dejándose encrudecer por lo cocido, la cultura determinando en su bostezo a la naturaleza), tal vez para desencadenar cataclismos de huesos.
Es allí donde la metáfora del dinosaurio no se contenta con evocar la filogenia suicida del hombre que habla, que aprendió a hablar para negarse a sí mismo, sino que además avanza en proponer la rotunda ebriedad del dinosaurio. El ebrio es un ser circular que supone que todo se encuentra en la contradictoria calma de su estado. Un dinosaurio ebrio nos ha fundado como especie:
“Nada somos
mas que un poco de sol
en los ojos
y aire movido
por los labios
(el pecado original nos sigue pensando,
en nuestra estúpida conciencia humana)”
La imagen del animal fundante que además de iniciar una larga cadena de infortunios, se encuentra en estado de ebriedad, nos lleva a preguntarnos sobre qué es en verdad lo que vivimos, ¿acaso la resaca de una batalla en la que nunca estuvimos pero en la que se luchó hasta la muerte en nuestro nombre?, ¿Acaso lo que llamamos ebriedad es vigilia y lo que llamamos vigilia es un estado intermedio que se agita desesperado en los humores de su alcohol?
Habría que estar, como sugirió desesperadamente Baudelaire, completamente ebrios para dejar de ser los esclavos martirizados del tiempo. Sin embargo, la embriaguez para Augusto Rodríguez no tiene nada de liberación, es una suerte de resignación encantada:
“Le pido al camarero que me sirva más vino
porque la vida es nada, ya lo dijo Pessoa
y lo digo yo
esta noche
la vida es pura ficción
de dioses fracasados”
¿Qué clase de embriaguez es en últimas la promesa de la conciencia posible? Alguien afirmó que las palabras nacieron desde la más sutil de las inconsciencias. Luego, de repente, el hombre dejó gobernar su mente por oraciones, por adjetivaciones y enunciados. La escritura se satisface en ser la conciencia de lo inconsciente, en hacer manifiesto lo latente, en rebuscar desesperada en lo más recóndito del lenguaje para recordarnos que somos el dinosaurio que primero cacareó antes de amar, que primero vociferó símbolos inaprensibles, antes de convertirse en el discurso racional y premeditado que habla de dioses que no hablan sino a través de la mudez del hombre.
Sólo nos queda recurrir a la materia más fétida pero más sincera de nuestra filogenia: la sexualidad asombrada. Recuerdo que el bueno de George Bataille giró hasta embriagarse en torno al tema de la erección del hombre que cazó un bisonte, dibujado por los primeros hombres de la caverna (o pozo) de Lascaux (imagen rupestre que data del paleolítico).
Allí, percibió la ligazón entre las dos conciencias de nuestra animal-humanidad: la de la muerte y la del placer. El organismo vivo celebra el acto de la muerte a través de la erección del cazador. La conciencia del placer es, a un tiempo, conciencia de la muerte. La enajenación del hombre se incuba como un cáncer en el símbolo. Lo “diabólico” del erotismo humano consiste en que somos desde siempre, la unión entre la carcajada loca y la lágrima eterna. Al reír estamos llorando, al hacer el amor, hacemos el odio, al amar al otro lo matamos:
“Los códigos de tu cuerpo
tienen múltiples alas
donde mi enajenación se estremece
y encuentra su espacio
tu cuerpo es un pequeño lenguaje
que los dioses leen en mi piel
que sólo yo descifro
en mi escritura”
La escritura es la imagen de lo histórico. De suerte que ese pequeño lenguaje que somos en el cuerpo torturado (amado) del otro, es la historia transfigurada en dioses asesinos. Desde niños (léase: desde dinosaurios), reconocimos que moríamos y vivimos en la espera, en la angustiosa espera de la muerte. En palabras de Augusto Rodríguez, “lo escribiré trescientas veces en mi piel:/ es inútil respirar/ cuando tenemos la muerte/ tan cerca”.
Desde la erección mortuoria que nos funda, hasta el arquetipo averiado del dinosaurio ebrio, Augusto Rodríguez nos recuerda que la historia es el espacio en el que los hombres hablan con los hombres y que la poesía es el espacio en que el universo habla solo y se dice a sí mismo que nos dice. La historia, movilidad en el tiempo, es también conciencia de la muerte, en el instante en que se nombra, aparece nuestra condición de “desterrados”, somos seres sin tierra y en eso consiste nuestra mortalidad:
“Los muertos duermen, descansan en sus guaridas,
con hambre se vuelven cazadores violentos.
Lo sé porque yo también soy otro muerto
que en cada estación va dejando un amor falso,
un hijo mal parido,
un muerto más para los obituarios”.
El hombre: proscrito del universo, sordo al discurso del universo, leve fragmento de ese discurso, desertor del lenguaje primigenio, desertor de la eternidad que fluye. La muerte es madre de la historia y la poesía es su disidencia: la poesía es juego y rebeldía. Cantos contra un Dinosaurio Ebrio nos permite recordar que la poesía es la fundación de otra verdad, como anticipa Octavio Paz en su Pasado en Claro: “escape... quizás… hacia dentro... purgación del lenguaje” donde “la historia se consume en la disolución de los pronombres”.
Si la visión del mundo se apodera del lenguaje y cada palabra que decimos es una imposición de significados, bajo la ficción de la seriedad ligada operativamente a los discursos de la muerte, hay que matar a ese dinosaurio torpe, erecto y borracho que dijo la primera mentira. La poesía es pues, la disolución del lenguaje del poder, es la re-semantización (para jugar con un vocablo propio de Freddy Ñáñez) de la palabra averiada: movimiento hecho fijeza, círculo anulado en sus giros, posibilidad de un pensamiento, de una visión del juego, como pensaría Bataille, dialéctica que desafía a la muerte, rebeldía de lo indefinible, de lo que la visión del mundo imperante se niega a concebir:
“Yo te condeno
hombre
o pecador
a morir entre las horas de almuerzo
o en las tardes aburridas de oficina.
Más yo te llamo a que revientes
tu cuerpo
después de la medianoche
porque es allí donde empieza la vida”
La disidencia del poeta es rebeldía y es complemento de la historia, como afirmó Bataille: “se es rebelde porque hemos debido aceptar la muerte, debemos ir hasta el fin de nuestra rebeldía: no podemos ser rebeldes para perfeccionar la sumisión”. Hay algo de Edipo en nuestro espejo, hay algo de asesino en nuestras contemplaciones mudas hacía el padre. El dinosaurio rompió la cadena. Su embriaguez lo llevó al terreno del olvido. Necesitamos pues de un Augusto Rodríguez que nos diga ¡basta!, dejemos que la pulsión vital derrame su vino y su semen, reconozcamos al fin que el eslabón perdido aún se niega a confesar que el hombre tuvo alas.
TIEMPO DE GUERNICA: Hacia la desesperanza como conciencia posible

Para mi sorpresa, México me convoca desde la amistad inconmensurable de dos voces jóvenes: Iván Cruz Osorio y Benjamín Morales a quienes desde ya considero compañeros de la vida. No otra cosa podría hacer para reivindicar este sentimiento radical que compartir con mis lectores de Puebla, algunas consideraciones personales sobre una obra que me sorprendió por su contundencia y por su mensaje.
“El estrago fue la lengua de los padres,
fue la lengua de sus rezos,
de sus súplicas, de sus rencores;
por tanto, es la lengua que entendemos”
La memoria entonces, se disgrega y decanta sus imágenes para dejarnos a solas con el mundo. De Guernica a la revolución mexicana, de Picasso a Diego Rivera, de Dachua a Solentiname, la guerra es el desgarramiento de la historia. Iván Cruz me permite recorrer el mapa descarnado de mi patria a partir de círculos concéntricos que dilatan y contraen la incertidumbre que nos funda como pueblos que sostuvieron la señal de la desesperanza como único discurso de nuestras vidas.
Recuerdo entonces, todo lo que significa permanecer sin rostro. El anonimato puede llegar a ser clandestinidad. En cualquier caso, representa una ruptura radical con el orden simbólico imperante en nuestros países en los que cierta insistencia por victorias extraviadas, por imposiciones insistentes, pareciera ser la excusa para negar al otro. En Colombia, por ejemplo, debemos estar listos para re-pensar ese anonimato en el que se reafirma el hecho de que existimos quienes no tenemos derecho al rostro y por ende, a la palabra, que existen seres que como los llamaría Marcuse, son población sobrante, exceso de marginalidad silenciada por el discurso de las restricciones y por el terror organizado.
En este sentido, el desgarramiento se convierte en preámbulo al diálogo, en excusa para discutir. Me acerco a Iván Cruz y supongo que podríamos soñar otro poemario suyo donde no fuese tan radical nuestra condición de fracasados. ¿En qué fracasamos, pregunto? ¿En el hecho de ser pueblos? ¿En la presunción de un deber ser espantado? Tiempo de Guernica parece decirme: fracasamos en la horrible tarea de estar vivos,
“No somos mejores ni distintos
a nuestros padres y abuelos.
No hay por qué sentirse superiores,
ni la Internet ni los autos aerodinámicos
ni el teléfono celular nos distinguen
del telégrafo, de las carretas tiradas por mulas.
Como ellos, hemos venido a morir,
a irnos sin dejar huella,
a hacerles compañía en el fracaso”.
Es allí donde la poética de fundación, aquella que sabe que es el resultado o síntesis de algo, de fechas en las que somos la abolición de las fechas, se convierte en la negación del fracaso que se afirma. Es decir: en la conciencia de que el fracaso se des-estructura en nuestras poéticas. Nuestra lengua es ya el vehículo de la conciencia y una visión programática se aproxima a los versos aglutinados de los jóvenes escritores, que no lo son necesariamente en la cronología, sino en la modestia de sus gritos.
Ese idioma que compartimos en pie de lucha, nos lleva a la ambigüedad fundante de nuestra historia, a la anulación del tiempo occidental que somos, que podremos ser cuando pensemos en ricorsi y a futuro en las necesidades de nuestros indígenas, de nuestros ancestros africanos y en general, de nuestros huérfanos: geología mítica, construida a partir de la fermentación y la putrefacción en la pobreza. Como imaginó Lezama Lima: “el espíritu de la pobreza irradiante, del pobre sobreabundante por los dones del espíritu” es el por venir de la abundancia. A saber: tiempo contraído y lanzado al vacío del futuro, donde todo será de todos, incluso el fracaso del que habla Iván Cruz cuando nos dice,
“Seguimos vivos,
lo peor aún está por venir”
Yo anotaría: estuvimos muertos y si nuestro presente empieza a colmarse de sujetos con la conciencia poética tan firme como la de Iván Cruz: lo peor ha pasado. Porque la aspiración aparentemente metafísica de que algo es posible desde y por el fracaso y la angustia del que vio la sangre por las calles, del que supone este estar vivo en el actual estado de cosas como una muerte prolongada, es también la imagen que logra su máximo grado de claridad y la fuerza de su posibilidad. Es allí donde encuentro reconciliaciones concretas. Tiempo de Guernica también me dice cuerpos tendidos en bañeras “con la boca abierta aún llena de sus gritos”.
No hay nada más revolucionario que la Imago de una mujer desnuda. El continente es una mujer mestiza que reposa su preñez en el océano. Amarla es también combatir todo lo que tiene de sola y de puñado de escombros. Sólo nuestra pobreza afirma nuestra abundancia. Tiempo de Guernica es exceso de vigilia, crónica de lo que somos y hemos sido desde la soledad de nuestras discrepancias. Es también agudeza y pesadumbre y es por ello, que siento que nos ofrece también una posibilidad infinita, porque al plantearnos el panorama desolado de nuestra geografía espiritual, también nos ha ofrecido la promesa de lo imposible actuando sobre lo posible, una suerte de potens que como dice Lezama, “es lo posible en la infinidad”.
San Cristóbal, Venezuela.
Libro: Tiempo de Guernica
Autor: Iván Cruz Osorio
Editorial: Editorial Praxis
Género: Poesía.
Año: 2005.

