ANATOMÍA DE LA NOCHE: Ensayos sobre la misma pirueta


Por: FERNANDO VARGAS VALENCIA
Momento Diario Momento, Culurales, 15 de Mayo de 2008

A Lorena, por llevar un prisma en su cuerpo.
A Sebastián, por el reloj que siempre marca la misma hora.


Pirueta de la luz diseccionada: la noche. El juego de las palabras verticales, oficia de testigo de un rito donde la disección es un acto de amor hacia el ser sobre cuyas heridas, la palabra intenta una curación testaruda. Claudia López (Buenos Aires, Argentina, 1960) en Anatomía de la Noche nos enseña la destilación de lo nocturno, para hallar una suerte de vino de cuya embriaguez somos ceniza y ocaso. Ese vino es también la lágrima y la pirueta. No hay una noche, así como tampoco hay una luna. Depende del gato, de los perros que se adormezcan bajo su clara sombra, del investigador que ama la noche policíaca. Depende de los amantes que en serenata creciente “apuran la eternidad de un sorbo”. La luna del enamorado difiere de la del gato. Por ello es que el atardecer es la conciencia posible de la noche: fuga del día que se detiene a contemplarse a sí mismo y en el descubrimiento de la propia imagen, desaparece. Noche: promesa del día, atardeceres plurales que son el “homenaje al incendio de otra tarde”, ya vivida, apenas nuestra. Atardecer: equilibrista ebrio, que “inventa una simetría de cuerpos inciertos” y “se olvida que dos es el número de la locura”.

Nuestra eternidad dura un instante: el de la promesa. De repente la imagen del ser amado se sostiene del hilo itinerante de la memoria, es la niña soñada por las sombras, “ajena al agotado lenguaje de la virtud”. Amada, niña-mujer, equivalente a la fisiología de la tarde-noche en la que el cielo no es ciudad ni misterio, no es lo uno ni lo otro: es ambigüedad triunfante. La hora de la eternidad equivale a lo que el reloj de un niño siempre marca: las 6:30. Los amantes fugitivos están encerrados en su combate circular a esas horas. Se encierran con la harina y el golpe claudicante. La tarde no les es suficiente para ser eternos. Golpean los clavos del día, lo someten a su arbitrariedad: son la sombra del incendio del ser que en el tránsito del día a la noche, hayan su metáfora. Los amantes prometen volver al claroscuro de esa forma de vitalidad ambigua que es el refugio lumínico de sus cuerpos, en edificios donde la luz se disgrega.

La noche es entonces, un viaje plural, una serie de travesías en las que el mar es un símbolo, un madero de naufragio y bajo la ignominia sorda de la luz, también anochece. Cuando el mar prepara su sorpresa, los hombres reconocemos que algo de ese mar bulle en nuestra sangre. Buscamos palabras para presagiar el misterio de nuestra fotosíntesis en tránsito: “violadas palabras pido/ para las salvajes aventuras/ de la sangre que nada sabe/ de palabras”. Hay quienes aman viajar en la noche, acercarse al mar, tal vez porque hay cierta conciencia de que el viaje tiene algo de memoria y que la memoria tiene algo de ciega: de allí que sea en la noche cuando es más tosca la confusión entre el mar y el cielo. La lucidez del ciego es embriaguez de luz, ambición del viajero sonámbulo:

“dentro de la lámpara
la insinuación del fuego
en estado de espera
hasta la noche en que los sonámbulos
pierden el equilibrio
de la mecha
dentro de la lámpara”

Constantes en nuestra inconstancia, sabemos de la quietud como el acto más sincero de permanecer en fuga. Nuestra geometría fugitiva está fundada en la paradoja. Los hospitales, como las cárceles y los manicomios, son el símbolo de nuestra contradicción como especie parlante. En su testarudez insomne, el lenguaje nos hace creer que los cementerios son una aspiración: porque el fin es el mundo del fin. Por ello estar solo es estar en la multitud porque ella devora su propia cárcel y enloquece tildando la soledad para buscar el unanimismo. Tal vez por ello Claudia López al decir “solamente” (lo único, lo unánime) dice “soledad” y se niega al acento promiscuo: el “solamente” lo es en cuanto “solo”, no en cuanto “único”. Sólo sin su acento: soledad irremediable. Hay que vencer las trampas del lenguaje con la posibilidad revolucionaria de la pirueta. Anatomía de la Noche es el garabato de una niña que se deja amar victoriosamente, que en sus juegos inauditos salva al amor y al hombre. Joan Miró también hacía piruetas, como un niño derrocaba el orden marcial de los símbolos. Como Rimbaud, su “niñez” trocada en genialidad, sigue insistiendo en la “inmadurez” estructural de la sociedad fundada en el imperio de la muerte, en las geometrías irredentas y en el tráfico de sujetos almados: “ensayaremos la pirueta/ y salvaremos el amor antes de caer/ fijos solo/ en el estilete del viento/ que corta las banderas/ con las que imploramos/ el fin/ de las batallas”. La palabra poética evoca al prisma: la luz se disecciona y nos refleja. Hijos de nuestro propio insomnio, habremos de derrocar los absolutismos que son nuestra forma tautológica de evadir a la muerte:

“habrá que ver
la forma del encuentro
el modo en que será
cancelado el futuro
pasado
para dejarnos a resguardo
de la muerte y de la eternidad

ensayaremos la pirueta
y salvaremos el amor
antes de caer

abajo nos esperan la historia
y sus signaturas

no hay fin de la caída
suele explicarnos
el continuo doméstico de la sangre
con sus remolinos y pantanos

(el abrazo claudica
en el rencor
la lágrima
alienta el desapego,
nos dicen voces
derrotadas por la entrega)”

No hay amanecer en esta anatomía. Amanecer es claudicar en el sueño: el soñador a punto de morir, despierta sobresaltado. Despertar es una derrota, si pensamos que la muerte iba a revelarnos algo infranqueable en la lucidez de su relámpago. Tras el sobresalto, en la línea rota del dormir-despertar, el día funda sus misterios y reconoce que la luz es una suma plural de voces que en la tarde-noche promete la muerte del tiempo. Si el día durara veinticinco horas, la noche sería un juego de niños. A eso llamaríamos eternidad, tan absolutos y distraídos, tan café-con-leche. Tal vez recordemos, a partir de la pirueta, algo de lo que la muerte nos ha dicho al oído mientras dormimos:

“En los sueños, dicen
nadie muere
poco antes de la caída vertical o de la bala
el sobresalto asiste
al soñador
mientras se está soñando
siempre
hay salvación, dicen

hace noches que muero
en este insomnio
por no estar en tus sueños”

Libro: Anatomía de la Noche.
Autor: Claudia López.
Editorial: Alción Editora (Córdoba, Argentina).
Genero: Poesía.
Año: 2006.