ENA-GÉNESIS: Rugido contra el aplazamiento de la mirada


Por: FERNANDO VARGAS VALENCIA
Diario Momento, Culturales, 16 de octubre de 2008



Fernando Soto Aparicio ha puesto de presente en varias oportunidades, la relación existente entre la formación y la literatura. Podría decirse que existe una pedagogía construida a partir de la particular concepción del mundo que construye el arte traducido en palabras.

Ena-Génesis: Instantes que se hicieron eternos, libro de breves relatos poéticos de Fernando Cely Herrán (Bogotá, 1957), actual director de la Corporación Literaria Escafandra, es una reivindicación clara de una poesía educadora. El tema es plenamente vigente en un país como Colombia, trozo de silencio desde el que nos debemos preguntar sobre el papel del arte, del quehacer poético y literario en una sociedad silenciada por la oratoria de la metralla.

Parece que Cely Herrán ha respondido con un libro y una propuesta puntual: la literatura ofrece un universo de cambio. Lenguaje que trasgrede los lenguajes, la literatura es transformadora y es una forma de educación. En Ena-génesis Fernando Cely nos enseña algo que solemos olvidar y que en estos tiempos es impostergable: la posibilidad de fundar de nuevo las cosas a través de las palabras.

En estos instantes, que son como el placer, súbitamente eternos, eternamente momentáneos, el mundo, el universo y el hombre se dejan ver de cerca en su desnudez y en un acto poético, tienen un nombre nuevo. Se trata de la Victoria que trae la dignidad de los re-comienzos.

En espiral, los relatos de Fernando Cely nos reconcilian con la capacidad de despertar (a través de la imaginación y en cierta medida, del humor corrosivo), de la enajenación que supuestamente nos ha fundado. En este libro podemos advertir, como se lee en dos de sus ágiles relatos, “que Belleza ha llegado desnuda” y que “los seres que sobrevivieron a la hecatombe, fueron llamados Hombres”.

Surge entonces el problema de la belleza. Fernando Cely admite la relación contenido-forma y erige con su pluma sencilla, y como dice el poema de Nicolás Guillén, sonora de nuestra voz inevitable, una serie de relatos breves y contundentes que nos permiten refundar y refundir nuestra vida, en sus dos acepciones: la coloquial colombiana que viene a significar “extraviar, perder, traspapelar” y la más abstracta pero que está contenida e inmersa en la cotidianeidad que la sostiene, en cuanto “rehacer, reconstruir, replantear” tomar los elementos difuminados de nuestro tiempo, de nuestra vida enajenada, separarlos, como en una Alquimia del verbo, romperlos, detallarlos, acariciarlos y (re)unirlos.

Cualquier inquietud ajena a la tremenda confusión de discrepancias en la que se ha convertido nuestro mundo, es una suerte de extravío. Ena-Génesis es una invitación a extraviarnos. En el extravío nos encontramos. Como la bella insistencia de José Martí de evocar el carácter poético de la expresión sencilla del cubano cuando se encuentra a su vecino y le dice “venga para conversar, (piérdase conmigo)”.

La belleza se encuentra resuelta en el extravío, en el repujar las hojas impuestas y mostrar el dibujo-niño, claro-oscura profecía que nos informa verdades que hemos soñado, que hemos admitido en la potencialidad del sueño y la embriaguez, del aleteo infame de los cuerpos cuando se entrechocan en el lecho, del placer casi erótico que produce charlar con otras gentes sobre cualquier cosa:

“Belleza irrumpió en el recinto. Todos callaron ceremoniosamente, cegados de admiración y envidia. Orgullo quedó perplejo con su presencia y Pudor sintió que había perdido vergüenza, cuando advirtieron que Belleza había llegado desnuda”.

Comprometidos con el silencio, a veces obviamos el origen de nuestras propias palabras. Un punto a favor de las fuerzas inhumanas que controlan nuestra humanidad, es el hecho de que han logrado que olvidemos los arquetipos de una memoria niña capaz de transformarnos en el instante. Las palabras tienen una fuerza tremenda que se pierde en los discursos obliterados. Cely Herrán nos ofrece la descomposición del significante para retornar al futuro. A ese niño maravillado que seremos cuando nos des-enajenemos.

Ena-génesis es entonces una propuesta de un re-nacimiento, de una nueva forma de suponer el origen de las formas. Y es, a su vez, la conciencia sopesada, ética y estética, de que las cosas dichas, ese verbo original de los mitos occidentales, nos han endosado al imperio de las palabras permitidas. La palabra tabú no es solamente la que no se puede decir, la que trasgrede al ser pronunciada. Es también el replanteamiento de los significados estáticos y obstinados de los vocablos cotidianos:

“En el principio todo estaba dominado por el amor: Pero de las fauces inauditas surgieron serpenteantes Incomprensión y Tedio. Desde entonces, se creó Tiempo para que todos los elementos entraran en discordia y pudiera parirse Rutina”.

El sujeto que habla es quien se deja hablar por lo hablado. La palabra dicha nos dice. Somos pensados por el lenguaje que pensamos. Amor no es ya una palabra a la que puedan adherirse adjetivos momentáneos, es el personaje que nos funda cuando habla. El sueño no es ya, como escribiría Nerval, “una segunda vida”, “impreciso subterráneo que se va iluminando poco a poco, y en la que comienzan a destacarse de las sombras y de las noches las pálidas figuras gravemente inmóviles que pueblan la región de los limbos”, sino que es el sujeto de la acción de soñar, es también una de esas pálidas figuras gravemente inmóviles.

El sueño entra en relación con nosotros, el amor nos ama y provoca su odio en el silencio: estamos poseídos por las palabras. Somos la enajenación yuxtapuesta donde la respuesta para aniquilarla es su reivindicación: al invocar al silencio, debemos recurrir a la palabra silencio. Fuimos originados en el círculo de las dicciones, Ena-Génesis nos dice que no hay escapatoria:

“El eterno dilema entre ideas y pensamientos, fue dirimido la noche en que nació el Silencio”

En este silencioso fingido de la lectura, no nos queda otro remedio que entregarnos a la magia de aquel que aún, en estos tiempos de evasiones y portentos técnicos, insiste en recuperar la capacidad de mirarnos y de hablarnos que tienen los objetos. En un mundo donde la literatura más promocionada y, hay que decirlo, “más vendida”, es por mucho una arenga del shock póstumo, del mínimo narciso que sobrevive a su propia imagen, del escaparse en los imperios del gesto brusco, del no ser sino otra cosa que no es ni se detiene a contemplarse en lo otro, intentos como el de Ena-Génesis nos recuerdan que la palabra humanidad es más que totalitarismos, que los hombres somos algo más que el aplazamiento de la mirada.

Fernando Cely, en su jugueteo circular, nos propone, en últimas, acabar con el silencio que las cosas imponen al sujeto. Ena-Génesis se esfuerza por recuperar el aura de las cosas, en el sentido dado por Novalis, por cuanto “advertir el aura de una cosa significa dotarla de la capacidad de mirar”, y Cely agrega: de hablar. Es en este sentido que Fernando Soto Aparicio al referirse a Ena-Génesis nos dice que se trata de una “obra que acompaña, como todo buen libro: con la devoción incondicional del amigo que no nos abandona jamás”. Los relatos breves de Fernando Cely, además de dejarse mirar, nos miran y como escribió alguna vez el siempre lúcido Walter Benjamin, “quien es mirado o se cree mirado levanta los ojos”.
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Libro: Ena-Génesis (Instantes que se hicieron eternos)
Autor: Fernando Cely Herrán.
Editorial: Proyecto Editorial Isla Negra (2. ed.).
Género: Poesía.
Año: 2007.

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