LA ESCALERA: Hacía una arqueología del asombro


Por: FERNANDO VARGAS VALENCIA
Diario Momento, Culturales, 12 y 13 de Junio de 2008

“Quien ha entrevisto el universo, quien ha entrevisto los ardientes designios del universo, no puede pensar en un hombre, en sus triviales dichas o desventuras aunque ese hombre sea él. Ese hombre ha sido él y ahora no le importa. Qué le importa la noción de aquel otro, si él, ahora no es nadie”.
JORGE LUIS BORGES. “La Escritura de Dios”



Lucho Zúñiga (Lima, 1978), nos ofrece en su poemario La Escalera la señal de un designio, la preocupación casi borgiana por trazar una cosmovisión donde la ficción, el sueño, lo fantasmal, son una posibilidad objetiva. Hay en los 42 poemas en prosa que componen La Escalera, una sensación de que el mundo que habitamos es falso, que la llamada Realidad con mayúscula es tan irreal como creer que no lo sea. Cada cosa que los grandes discursos, operativos e instrumentales, aparentemente lúcidos y ordenados sostienen, es derribada por su carácter ficticio: nuestras grandes afirmaciones como lo son el tiempo, la mortalidad, la memoria instrumental (lo que en palabras de Benjamín ha hecho que separemos, a través de Proust y Baudelaire, la llamada memoria de la experiencia –acumulación de datos- de la duración poética, imitación espontánea de lo inédito y subhistórico), son reducidas a la categoría de estratagemas.

Tras esta sensación el designio tiene un nombre: Karol Blum. Lucho Zúñiga desentraña su misterio e inicia un viaje en espiral, donde el lector reconstruye las huellas de un poema en forma de escalera, por la que se puede subir y bajar en el olvido de la fascinación que nos aleja de lo divino y del misterio. Como Borges, La Escalera (poema de Karol Blum y a su vez poemario de Zúñiga que de-construye cada escalón para gritar olvidos) traza a través de la ficción de la ficción, es decir, de la posibilidad de metaforizar esa gran metáfora que es el lenguaje, de volver a presentar a través de lo fantástico esa insistente representación que es el conocimiento, el camino para que nuestra libertad (otro de nuestros estratagemas) sea conciliada con nuestra imposibilidad: lo extraordinario es el camino de lo otro y en lo otro, la conciencia de nuestra contradicción.

Porque no somos lo que somos, pero somos. En otras palabras: lo que creemos que somos no es más que una ficción y lo que llamamos “ficción” puede ser nuestra realidad, o por lo menos, nuestro sello de seres que trazan la urdimbre de sus graderías ante la imposibilidad de entender la montaña deforme de lo evidente. Es en este sentido que Lucho Zúñiga es soñado por Karol Blum, y viceversa. La Escalera hace parte del juego intertextual que tiene su inicio en El Círculo Blum, primera novela de Zúñiga donde hay una sociedad secreta de escritores que buscan cumplir el último deseo de un hombre que es todos los hombres:

“Mi último deseo es que encuentren 7 escritores. Cada uno deberá componer un libro inspirado en el poema en forma de escalera…”


Como advierte la contratapa del libro, La Escalera es el cuarto libro y el único de los siete que incluye el poema que escribió Blum, días antes de morir. Es el asombro la fuente del conocimiento que es a su vez, de-fragmentación del lenguaje. Los siete libros parten de un libro: nuestra prisión en ascenso son palabras escritas en el vacío. Subir y bajar por entre las palabras, es la imagen contundente de un hombre que como todos los demás, sueña la muerte como ascenso hacia lo otro. La vida se sostiene del hilo que hace alusión a su contraria y descender es también una forma de volar. En la palabra está el sueño y en el sueño, una política errabunda:

“Y ya cuesta subir cada peldaño. Dije la misión, tiré las joyas al mar. Todas tus pertenencias. Hedor humano. Versos de invierno. Lanza puntiaguda que toca tu espalda, te empuja hacia el abismo. No sabes qué decir. Alguien te regala una espada de plástico, para emplear contra tus propias preguntas. Nadie te enseña a volar”.

La niñez se desata en círculos. El mundo se presenta con su contundencia lastimera, ante el niño asombrado. La palabra-juguete se convierte en un empujón dentro de la escalera. El niño aprende a “entender”. Pero lo que llamamos “entender” es “aceptar”. El supuesto artificio Blum-Zúñiga es una invitación a trastocar el sentido de nuestras aceptaciones. Es en la capacidad de atribuirle una historia a la mitología donde el juego se convierte en conciencia posible: el método del unanimismo puede usarse para “demostrar” que lo otro también existe, que lo inaudito es natural y que lo extraordinario es verdadero:

“Siempre. ¿A dónde? Adentro nunca cambiaste. Correr tus años hacia la inocencia. Cada segundo hacerte más joven. Olvidar todas las palabras. Quedarte solo bajo las constelaciones. Un niño consumido por la noche”.

En La Escalera, las fracciones de la historia lineal son cambiadas por la intervención del sujeto metafórico, es decir, por la ficción, por la asunción de fechas que como murmuraría Jorge Luis Borges, son secretas, están ocultas y prestas a ser desveladas y cuyos actores realmente principales son los que pasan como secundarios. Un hecho del pasado lineal es en últimas escueto, si se tiene que es irreal la forma, el discurso con el que se ha transmitido. Lo que sucedió hace siglos se pierde en la memoria y nos da el derecho a pensarlo como un sueño. Los historiadores lo saben, al menos los buenos: describir lleva una carga de artificio y cada recuerdo es invención. El carácter científico de la historia está en su método, más no en su objeto: el objeto de la historia es la memoria de sucesos que muy seguramente sucedieron en el pasado. Pero tras ella, se encuentran detalles que son invención: Karol Blum nace en 1865, sueña un círculo de escritores en torno a su metafísica de la escalera, muere como refugiado de guerra y escribe el poema iniciático días antes de morir. Lucho Zúñiga y sus lectores, entran en el juego circular, en el laberinto lunático y de repente son ellos los soñados, los seres imaginados por un Karol Blum que tose en silencio, desde la soledad de Lao Tsé que pensando en Blum sabe que “la vida es un viaje de ida; la muerte es un viaje de regreso”.

La Escalera es una invitación que tiene como excusa el poema. Lleva consigo una pretensión mucho más grande: coadyuvar a una arqueología del asombro. Esta tarea fue iniciada por Borges y Bioy Casares: lo que hace Foucault con cada uno de los elementos fundantes de la mentalidad moderna (la medicina, las ciencias sociales, la prisión), lo hace el poeta (Borges, Bioy, Zúñiga) con seres, mundos y formas imaginarias: una arqueología. El rigor de la comprensión aparentemente objetiva construye la verosimilitud de lo que supuestamente no existe. La intertextualidad infinita, otorga trazos de probabilidad a lo soñado, ofreciendo la potencialidad de toda obra literaria como obra crítica, la ficción es crítica de la realidad:

“Uno observa el mundo. Felicidad que te arde en las entrañas. Tanta ciudad en tanto silencio. Tanta fauna de historias ambulantes. Cuántas razas elevando las manos. Todos los campos son tuyos. Tiras una piedra al mar. Se hunde y es tu asombro. Late en el fondo lo desconocido”.

La vida no es lo que creemos, lo que nos han hecho creer que es. La ficción cobra el papel de fuerza cognoscitiva. La Escalera es el resultado del hambre de un conocimiento que funde otras formas de ser. Si en nuestros tiempos, el destino de la metrópolis es la necrópolis, sólo a través de la ficción podemos saber que existieron Karol Blum y la guerra, que las ciudades invisibles son tan reales como son falsas las que habitamos. Hay en La Escalera una propuesta de giro de la atención. Si la razón instrumental deviene en irracional, si la acción humana construida a partir de la lógica del costo y beneficio ha traído una serie de contradicciones que distan mucho de los paradigmas que la fundaron, si los grandes discursos o relatos ya no explican al mundo, sólo legitiman o imponen una versión de él, en una palabra, si nuestro mundo actual es caos del caos... si así es el objeto de nuestra atención, ¿porqué no dar el giro hacía el asombro, hacía lo inédito, hacía la invención y la utopía, porqué no construir el rigor del asombro ante el asombro?


Libro: La Escalera.
Autor: Lucho Zúñiga.
Editorial: Códice Ediciones – Ediciones El Santo oficio (Lima, Perú).
Género: Poesía.
Año: 2007.

1 comentario:

2010novela dijo...

hola, ¿tienen algún mail de contacto? saludos y gracias por el comentario de la escalera.