SUMA DEL ÁRBOL: Somos los obreros de la luz


Por: FERNANDO VARGAS VALENCIA
Diario Momento, Culturales, 2 de Octubre de 2008

“Tu memoria y tus sentidos sólo serán el alimento de tu impulso creador.
En cuanto al mundo, cuando salgas de él ¿en qué se habrá convertido?
En cualquier caso, nada quedará de las apariencias actuales”

Arthur Rimbaud (Iluminaciones)


Existe una generación continental que ha iniciado su ascenso en luz, su destino circular de ser fundadora y de volver al paso en la circularidad de la promesa. Esta generación se desata como un golpe de sangre en los miembros lacerados de Nuestra América.

Cuando se está a las puertas de una transformación radical, se siente una atmósfera concreta, hay cierto sentimiento de zozobra mezclada con emoción y golpes de sombra. Estar al filo del tiempo es saber de las señales claro-oscuras de un futuro revelado en los pasos en espiral de quienes nos han antecedido. Esta sensación es análoga a lo que siente el revolucionario cuando se sabe a punto de dar el golpe, o la del poeta que presiente que sus palabras radicales y delirantes serán el equilibrio del mañana.

Algo pasa en Nuestra América, algo se desata como una música y como una esperanza. Ese pasar del algo puede tener muchos nombres, incluso puede llevarnos a la zona de las más intensas ambigüedades. Pero el poeta de Nuestra América, tiene por misión aclarar las palabras y los sueños que nos ofrecen el espectáculo de su explosión.

Algo así habrán vivido Nicanor Parra, Vicente Huidobro, Manuel Maples Arce o Jorge Gaitán Durán, en la eternidad que prometía su instante. Y algo así empieza a suceder cuando Freddy Ñáñez (Petare, Venezuela, 1976), autor de Suma del Árbol, alza su palabra y dirige su mirada hacia la búsqueda interminable de una poética llevada al lugar de lo cotidiano. Algo así sucede cuando desde la Tierra Común que desata tempestades en los Andes, convoca a una generación entera para que re-construya el pasado y se lance, con la insolencia victoriosa de la premonición, al Canto – Historia de lo que acontece en nuestra tierra.

Una suerte de temblor telúrico en la voz, danza geométricamente desde aquél que está llamado por las fuerzas vitales para fundar una nueva medida, una nueva Imago, una nueva historia. Freddy Ñáñez es tal vez uno de los poetas actuales que en Nuestra América más ha luchado por esa metáfora, por el dibujo incesante de lo que quiere mostrarse como insumiso, como música convocante:

“Los dedos sonarán
aún bajo el imperio
de fatales resonancias

No será vencida la muerte
será cantada

No será borrado el arpegio del pergamino
será reescrito en la voz”

El poemario Suma del Árbol, es una selección detallada (o demasiado panorámica, si se quiere) de la obra poética escrita por Freddy Ñáñez a lo largo de seis años de inagotable trabajo con la palabra y con la imagen. En este libro, Ñáñez nos revela un universo que se desgasta en su reflejo transitado. Ese reflejo subsiste en la precariedad de quien llega al mundo desde la alegoría claudicante de su pronunciación, de aquel que supone lo dado como una metáfora. Sin el lector, los poemas de Suma del Árbol no sólo son símbolos encerrados en su cárcel de papel ensangrentado, en su círculo de explosivos encharcados, sino que pierden su más diáfana señal: la de anunciar una Era que se confirma y desaparece en cada palabra, como la eternidad que se deja prometer y anular en cada instante.

Y no es simplemente la angustia del que se sabe extraviado sin el otro. Sino que es una convocatoria hacia cierta hilaridad que sólo el impulso puede revelar en el enfrentamiento. Podría decirse pues, que hay una convocatoria en la poética de Freddy Ñáñez que según parece, y hemos de escribirlo con una sonrisa en los labios, es coherente con el trabajo de Freddy en su país (actualmente, Freddy coordina el Primer Encuentro de Jóvenes Escritores Latinoamericanos en Caracas y San Cristóbal), desde cuyo estruendo sueña el día en que seremos todos los hombres y mujeres, por fin, obreros de la luz.

El que escribe puede ensoñar, puede revelar, puede incitar, evocar, silenciar o trastocar. En Suma del Árbol, hay un mensaje cifrado que convoca, que sirve de anunciación de lo convocado y es también el acto mismo de la convocatoria: “hay verdades que sólo pueden ser cantadas”. La convocatoria es hacía la conciencia posible, hacía el desequilibrio palpitante en aras a hallar el nuevo éxtasis de la historia. La nueva etapa donde como las nubes, caminaremos la tierra y como escribe Freddy Ñáñez, seremos conscientes de que “toda sombra constituye una esperanza”.

Guillaume Apollinaire afirmaba que “La Victoria consistirá ante todo/ en ver muy a lo lejos En ver todo/ De cerca/ Y en que todo tenga un nombre nuevo”. Freddy Ñáñez, heredero de la insumisión de las vanguardias pero sobretodo, de la inmortalidad reveladora del ser americano, nos lleva hacia la metáfora de esta victoria, de esta novedad yuxtapuesta que es nuestro vivir en la historia, nuestro transitar en la tierra azotada por Imperios y principalmente, nuestra vocación de ser los emisarios de lo otro, de lo que vendrá, de ser los llamados a derrochar la luz que se nos ha negado, en cierta rebelión que surge desde nuestra cotidianeidad impostergable:

“Las piedras lloran del hombre lo que la rosa celebra. Y si ha cantado el gallo es porque el recuerdo aprende a vivir entre los muertos”

El árbol que suma sus reflejos, es una búsqueda, la de “una región en cada hombre” y de “un nombre que sea pájaro con su instante”. La música es la sombra de la historia. La palabra ha nacido para la embriaguez de los tiempos, para la muerte consciente de la tragedia. Desde el aire alucinante del Chimborazo, Diógenes y Martí se citan para conversar. Desde allí han de saber que por fin la historia es un cuerpo y que “en verdad, un cuerpo no es sino los últimos minutos de una fiesta”.


Libro: Suma del Árbol.
Autor: Freddy Ñáñez.
Editorial: El Árbol Editores.
Género: Poesía.
Año: 2006.